Hoy, 10 de junio de 2026, se cumple el centenario de la muerte de Antoni Gaudí. Un siglo después de su desaparición, la fuerza de su legado continúa proyectándose sobre la arquitectura, el arte y el pensamiento contemporáneos, tendiendo puentes entre territorios, culturas y generaciones.

El 10 de junio de 1926 se apagaba la vida del arquitecto; sin embargo, cien años después, su obra, su pensamiento y su concepción espiritual de la arquitectura continúan cruzando fronteras, inspirando nuevas lecturas y conectand o culturas separadas por océanos y generaciones.

En una fecha tan significativa, resulta especialmente revelador volver la mirada hacia una de las historias menos conocidas y, al mismo tiempo, más extraordinarias de su legado: el vínculo entre Cataluña y Chile a través del proyecto de Rancagua, la única obra concebida por Gaudí fuera de Catalunya.

Es precisamente este diálogo entre memoria, arquitectura y trascendencia el que Josep Maria Alarcón, desde L’Empordà, recupera y transforma en arte con la obra Rancagua-Gaudí, concebida como galardón internacional del Premio Pax Urbis otorgado a la ciudad chilena de Rancagua.

Se trata de un libro de artista que convierte la historia en experiencia estética y el recuerdo en un espacio de encuentro entre pueblos, ideas y tiempos: un puente entre arquitectura, historia y espiritualidad, realizado en formato de libro de artista desplegable y mediante técnica mixta sobre papel.

La obra fue creada en Palafrugell el año 2022 por expreso encargo de la Asociación Internacional 100 Ciudades por la Paz como símbolo material del Premio Pax Urbis, concedido a la Corporación Gaudí de Triana de Rancagua. La pieza trasciende su función conmemorativa para convertirse en una profunda reflexión visual sobre la memoria, la cultura de la paz y la dimensión espiritual de la arquitectura.

La obra toma como punto de partida uno de los episodios más singulares de la historia de la arquitectura moderna: la relación epistolar manuscrita entre el fraile chileno Angélico Aranda y Antoni Gaudí. Aquella correspondencia, junto con el posterior encuentro personal que ambos mantuvieron en Barcelona, dio origen al proyecto de la Capilla de Nuestra Señora de los Ángeles de Rancagua, la única obra concebida por Gaudí que se construirà fuera de Cataluña.

Alarcón construye un relato visual que une dos continentes y dos sensibilidades. A la izquierda aparece la figura de Aranda, representación de la inspiración y del impulso inicial; en el centro, una trama de líneas arquitectónicas evoca los bocetos y las geometrías sagradas propias del universo gaudiniano; y, a la derecha, el retrato de Gaudí cierra simbólicamente el círculo de un diálogo que superó las distancias geográficas y temporales .

La riqueza de la obra radica en su naturaleza interdisciplinaria. Las referencias a la geometría sagrada, a la proporción armónica, al epistolario histórico y a las estructuras del pensamiento combinatorio evocan el interés constante del artista por la tradición humanista y por figuras como Ramon Llull. Texto, dibujo, color y símbolo se fusionan en un único espacio de conocimiento, donde el arte deja de ser mera representación para convertirse en instrumento de reflexión.

Más allá de su calidad plástica, Rancagua-Gaudí constituye un manifiesto sobre la capacidad del arte para conectar historia, arquitectura, filosofía y espiritualidad. La obra transforma un episodio poco conocido de la cultura universal en una experiencia estética que celebra el diálogo entre pueblos, la memoria compartida y la búsqueda de un sentido trascendente de la creación humana.

En esta pieza, Josep Maria Alarcón reafirma una de las constantes de su trayectoria: entender el arte como una forma de conocimiento capaz de revelar las conexiones invisibles que unen cultura, territorio, pensamiento e historia.

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