«La Capital»

«LA FORMA»

El término conceptual de la forma se sitúa en el eje central de toda reflexión profunda sobre la noción de arte. La forma no es un mero vehículo de significado ni un soporte subordinado a lo narrativo: la forma es presencia, es decir, se manifiesta y se justifica por sí misma. En este sentido, las formas no remiten necesariamente a otra cosa, sino que se representan a sí mismas como entidades autónomas de conocimiento sensible.
Esta concepción hunde sus raíces en el pensamiento de Platón, quien vinculó la belleza a la forma en un sentido amplio y esencialmente metafísico, donde lo visible es reflejo de un orden ideal superior. Desde otra perspectiva complementaria, Aristóteles afirmó que toda obra de arte constituye un organismo en el que la forma adquiere una unidad vital, articulando una totalidad donde las partes diversas se integran en una armonía necesaria. Este principio funda lo que podríamos denominar el formalismo en su sentido más elevado: no como reducción estética, sino como coherencia interna del ser de la obra.
En el marco del pensamiento creativo de Josep Maria Alarcón, esta tradición filosófica no se cita, sino que se activa. Su práctica artística desplaza la forma desde el plano teórico hacia una dimensión experiencial y espacial. La forma deja de ser contorno o límite para devenir estructura generativa, capaz de organizar el vacío, modular la luz y establecer relaciones invisibles entre los elementos. En sus instalaciones, la forma no contiene el significado: es el acontecimiento mismo del sentido.
Alarcón opera así una suerte de transmutación: la forma, entendida como principio abstracto, se encarna en materia —hierro, textura, suspensión, gravedad— y al mismo tiempo se eleva hacia una lógica superior regida por proporciones, tensiones y equilibrios. Cada elemento formal participa de un sistema donde nada es arbitrario, y donde la armonía no es decorativa, sino epistemológica: una vía de acceso al conocimiento a través de la percepción.
Desde esta perspectiva, la obra de arte ya no se limita a ser contemplada, sino que exige ser habitada. El espectador no interpreta formas, sino que entra en relación con ellas, atravesando un campo de fuerzas donde lo sensible y lo inteligible convergen. Así, la forma, en la obra de Alarcón, se revela como un lenguaje sin mediación, una gramática silenciosa que, en su pureza, restituye al arte su capacidad originaria: la de hacer visible el orden profundo que subyace tanto en la materia como en el pensamiento.

%22La Forma%22. Cat-14 alarcon4rt

Deja un comentario