«ALEPH» Ex-libris, New York 2013.

Ex-libris, New York 2013

«ALEPH»

Josep Maria Alarcón (New York, 2013)

Ontología de la «Aleph

Genealogía del signo, arquitectura del origen

Por: Curaduría Editorial de Arte Contemporáneo

En «Aleph», Josep Maria Alarcón articula una investigación plástica que trasciende lo formal para situarse en el umbral donde nacen los sistemas de representación. La obra no es únicamente una composición pictórica: es una indagación sobre el origen del lenguaje, sobre la transformación del símbolo y, en última instancia, sobre la necesidad humana de ordenar el mundo mediante signos.

El punto de partida conceptual se sitúa en el alfabeto protosinaítico, considerado uno de los sistemas de escritura más antiguos conocidos. De aquel pictograma inicial —la cabeza de un buey— emergerá, tras un largo proceso de abstracción, la letra “A” latina. Este tránsito, que va de la imagen a la idea, constituye el eje vertebrador del proceso creativo de Alarcón.

El origen como impulso creativo

Alarcón no toma el Aleph como una referencia erudita, sino como un principio generador. En la tradición semítica, el Aleph no es solo la primera letra: es el símbolo del origen, del aliento inicial, del punto donde todo comienza pero aún no se ha manifestado plenamente.

Este interés por el origen conecta con una genealogía del pensamiento que atraviesa disciplinas: desde la matemática de Euclides hasta la concepción armónica del mundo en Leonardo da Vinci, pasando por las proporciones naturales descritas por Fibonacci. En todos ellos, el inicio no es arbitrario: responde a una lógica estructural profunda.

En «Aleph», esta lógica no se representa de forma literal, sino que se encarna en el proceso mismo.

El soporte como memoria: la página intervenida

El primer gesto del artista es decisivo: seleccionar una página impresa como soporte. Este acto implica trabajar sobre un campo previamente codificado —lenguaje, narrativa, historia— que será intervenido y reconfigurado.

La página no es un fondo neutro; es una memoria activa. El texto impreso introduce una dimensión temporal y cultural que el artista no elimina, sino que tensiona. Se establece así una dialéctica entre lo legible y lo visible, entre el orden tipográfico y la irrupción de lo pictórico.

Este gesto inicial puede leerse como una analogía con el propio proceso histórico del Aleph: una progresiva abstracción desde lo figurativo hacia lo conceptual.

De la forma al signo: la disolución del pictograma

El proceso creativo avanza mediante capas sucesivas de intervención. En las primeras fases, el artista sugiere —sin describir— formas que remiten al pictograma original: estructuras angulares, tensiones direccionales, ejes que evocan la antigua cabeza de buey.

Sin embargo, lejos de fijar la imagen, Alarcón la somete a un proceso de descomposición progresiva. El pictograma se fragmenta, se oculta, se disuelve en la materia pictórica. Lo que permanece no es la forma reconocible, sino su energía estructural.

Este tránsito es esencial: la obra no representa el Aleph, sino su evolución.

El gesto pictórico como campo de fuerzas

La irrupción del color —rojos intensos, azules saturados, amarillos vibrantes— introduce una dimensión emocional que contrasta con la racionalidad del soporte impreso. Sin embargo, esta aparente espontaneidad está profundamente regulada.

El negro, aplicado en masas densas, actúa como eje gravitacional. Organiza la composición, absorbe tensiones y establece un contrapunto con los colores primarios, que funcionan como vectores de expansión.

El gesto, en este contexto, no es expresión arbitraria, sino manifestación de un sistema de fuerzas. Cada trazo responde a una lógica interna que equilibra caos y estructura.

Geometría invisible: proporción y armonía

Bajo la superficie aparentemente libre de la obra, se intuye una organización rigurosa. Las diagonales, los puntos de tensión, la distribución de masas cromáticas responden a principios de proporción que remiten a la geometría clásica y a la proporción áurea.

Alarcón no dibuja explícitamente estas estructuras, pero las incorpora de manera implícita. Se trata de una geometría latente, que ordena la composición sin imponerse visualmente.

Este enfoque conecta con una tradición en la que arte y ciencia no son disciplinas separadas, sino lenguajes complementarios para describir una misma realidad.

El dibujo como pensamiento en proceso

En las zonas inferiores de la obra, el trazo se vuelve más ligero, casi esquemático. Aparecen líneas que evocan anotaciones, diagramas, intentos de formular una idea.

Aquí, el dibujo se convierte en pensamiento visible. No busca representar, sino explorar. Es un espacio de ensayo, donde la mano del artista sigue el ritmo de la reflexión.

Este registro introduce una dimensión científica en el proceso creativo: la obra se comporta como un laboratorio donde se ensayan hipótesis visuales.

Estratificación y tiempo

Uno de los aspectos más relevantes del proceso de Alarcón es su carácter estratificado. La obra se construye por capas, cada una perteneciente a un momento distinto.

El tiempo del texto impreso (pasado cultural)
El tiempo del gesto pictórico (presente del acto)
El tiempo del dibujo (reflexión en curso)

La superposición de estos tiempos genera una densidad temporal que convierte la obra en un objeto complejo, abierto a múltiples lecturas.

El Aleph como síntesis

El resultado final no es una imagen cerrada, sino un sistema abierto. El Aleph aparece aquí no como forma, sino como principio organizador: un punto donde convergen lenguaje, materia, proporción y pensamiento.

En este sentido, la obra dialoga con la noción de totalidad formulada por Jorge Luis Borges, pero la traslada al ámbito plástico. El Aleph de Alarcón no se describe: se construye.

Conclusión: hacia una epistemología visual

En «Aleph», Josep Maria Alarcón propone una forma de conocimiento que no se articula en palabras, sino en relaciones visuales. La obra no se limita a ser contemplada; exige ser leída, interpretada, pensada.

Más allá de la abstracción lírica, nos encontramos ante una práctica artística que integra:

la arqueología del signo (humanidades),
la estructura matemática (ciencia),
la proporción armónica (geometría sagrada),
y la intuición gestual (arte).

Alarcón no representa el origen: lo reactiva. Y en ese gesto, sitúa su obra en un territorio singular donde la pintura se convierte en una forma de pensamiento expandido.

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