· Cant d’himara, 2014 · “Ut Pictura Poesis”

Cant d' Himara. © Fragment

“UT PICTURA POESIS”
✒️ Desde que Horacio pronunció en la Epístola a los Pisones su célebre verso “ut pictura poesis” (como la pintura así es la poesía), muchos han sido los críticos que han cuestionado la posibilidad de unir pintura y poesía, argumentando que se trata de dos artes que derivan en (re)presentaciones diferentes.
Durante la segunda mitad del siglo XVII y en el siglo XVIII, la comparación interartística siguió gravitando sobre tres postulados que se concebían como rasgos comunes de la literatura y la pintura: ambas perseguían el objetivo de una imitación «mejorada» de la naturaleza; utilizaban como material los temas clásicos; y debían crear un imaginario que pudiera ser percibido visualmente, ya fuera por medio de la mirada física o por medio del «ojo mental» (Alderson 1995: 256). El canon estético del clasicismo del siglo XVII y el neoclasicismo del siglo XVIII sometió la imaginería de los pintores al régimen narrativo-didáctico de las palabras, ya que eran éstas las que expresaban el ideal aristotélico de la acción humana. Y este ideal se reflejaba en los relatos épicos, bíblicos e históricos, fuentes de donde la pintura estaba obligada a extraer temas y métodos. La Académie Royale de Peinture et de Sculpture francesa —fundada en 1648— aseguró la continuidad de la tradición humanista a través del papel privilegiado que otorgaba al pintor de género histórico. Éste, según las palabras de Félibien (1669), debía «representar grandes acciones como lo hacen los historiadores, los temas agradables como lo hacen los poetas; y, si aspira a más, es necesario que sepa, mediante composiciones alegóricas, cubrir bajo el velo de la fábula las virtudes de los grandes hombres y los misterios más nobles».
Al mismo tiempo que la pintura estaba confinada a las alegorías de los textos, la poesía tuvo que desarrollar técnicas para reproducir las cualidades propias de los cuadros, cualidades que debían predisponer a la «visibilidad» de los textos. La importancia de la experiencia visual en relación con la experiencia que procede de los demás sentidos ya había sido planteada en la Antigüedad. En la Metafísica, Aristóteles (980a) afirma que la vista nos permite acceder a un mayor conocimiento de las diferencias entre las cosas. Durante el Renacimiento, León Battista Alberti y Leonardo resaltan el valor superior de la mirada, dado que capta la inmediatez y la simultaneidad, características éstas del arte más elevado, la pintura. En el siglo XVII, el empirismo de John Locke preparó el terreno para las idea expuestas por Joseph Addison en Sobre los placeres de la imaginación (1712) sobre el papel privilegiado de la visión para estimular la facultad imaginativa. La divulgación de estas teorías provocó en los poetas una asociación previsible: la belleza está vinculada de manera inherente a la percepción visual. John Dryden escribió en el prefacio a su traducción (1695) del tratado De Arte Graphica (1656) del pintor francés Charles Alphonse Du Fresnoy: «La expresión y todo lo relativo a las palabras es al poema lo que el colorido es al cuadro».
Sin embargo, como señala Jean H. Hagstrum (1958: xxi), los efectos pictóricos no resultaban naturalmente accesibles a un arte que se valía de recursos verbales; en consecuencia, «el buen pictoricismo operó siguiendo el antiguo principio crítico de la difficulté vaincue, es decir, el logro de algo importante que superara la desventaja y dominara el obstáculo». «Superar» y «dominar» son palabras claves para comprender el desequilibrio entre ambas partes de la analogía interartística hacia fines del siglo XVIII. El ejemplo de los pintores estimulaba a los poetas a experimentar nuevas técnicas para superar la desventaja del medio verbal y el método narrativo, y regresar así a la naturaleza sin abandonar los modelos clásicos, como sucede en el ejemplo pionero de Thomson. En cambio, la influencia de la poesía en la pintura, dado el anclaje en la tradición clásica, restringió la imaginación y propició especialmente el decoro, es decir, la facultad moralmente edificante del arte. Todo indica que la tradición del ut pictura poesis no alentó la originalidad artística de los pintores, sino que les impuso evitar lo fortuito y adherirse a temas y tratamientos que habían sido formalizados por la literatura y la historia.
Interpretaciones teóricas y poéticas sobre la relación entre poesía y pintura: breve esbozo del renacimiento a la modernidad. Textos: Ana Lía Gabrielón

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